Estampas de familia; FAMILIA SUMERGIDA, de María Alché

Estampas de familia; Familia Sumergida, de María Alché

Por Sofía Ochoa Rodríguez

María Alché inició en el cine en 2004 como protagonista de La niña santa, de su compatriota Lucrecia Martel. Ahora, en su debut como directora de largometraje, además de que el personaje principal es interpretado por quien entonces fuera su madre, la flexibilísima Mercedes Morán, comparte rasgos con el trabajo de la consagrada realizadora argentina: hace una estampa de una familia desde lo íntimo, hay un gusto palpable en los diálogos por recrear la oralidad y sus dinámicas, la realidad y los sueños conviven sin exabruptos, y el sonido está diseñado como otra ficha que aporta y a veces incluso detona momentos en la historia.

Marcela, esposa y madre de tres jóvenes, acaba de perder a su hermana, Rina, una mujer soltera, hasta cierto punto estrafalaria. A Rina la conoceremos únicamente de forma indirecta, a través de los objetos que le pertenecieron y de los recuerdos e impresiones que siguen afectando a los personajes. La cineasta Hélène Louvart (Pina, 2011; Beach Rats, 2017; Petra, 2018) encuentra la luz de las pequeñas cosas y esto resulta ser una virtud esencial, pues la mayor parte del filme transcurre dentro de un pequeño departamento, que no deja de verse dinámico, contaminado por la pesadez de sus personajes y polifacético, según el estado anímico de quien lo habite, sea un vivo o un recuerdo.

Las relaciones que se gestan entre los actores y los objetos están trabajadas con tal compromiso que resultan significativas y reveladoras de lo que sucede entre los integrantes de la familia, cuyo trato fluctúa entre la neutralidad, el amor, la indiferencia, la compasión, la sensualidad y la agresión. Al retratar el luto, Alché hace evidentes dinámicas tabú que podrían ser parte de cualquier grupo fraterno, y lo hace sin intensas oscuridades, sino desde la luminosidad y el ajetreo de la vida diaria, que es donde se gestan los acontecimientos que pueden ser simultáneamente grandes para algunos, profundos para otros e imperceptibles para el resto de los miembros, incluso cuando viven amontonados, compartiendo y contribuyendo al mismo desorden del que a veces se vuelve urgente salir para respirar.

El instante que no fenece; PRESENT. PERFECT, de Shengze Zhu

Estampas de familia; Familia Sumergida, de María Alché

Por Sofía Ochoa Rodríguez

María Alché inició en el cine en 2004 como protagonista de La niña santa, de su compatriota Lucrecia Martel. Ahora, en su debut como directora de largometraje, además de que el personaje principal es interpretado por quien entonces fuera su madre, la flexibilísima Mercedes Morán, comparte rasgos con el trabajo de la consagrada realizadora argentina: hace una estampa de una familia desde lo íntimo, hay un gusto palpable en los diálogos por recrear la oralidad y sus dinámicas, la realidad y los sueños conviven sin exabruptos, y el sonido está diseñado como otra ficha que aporta y a veces incluso detona momentos en la historia.

Marcela, esposa y madre de tres jóvenes, acaba de perder a su hermana, Rina, una mujer soltera, hasta cierto punto estrafalaria. A Rina la conoceremos únicamente de forma indirecta, a través de los objetos que le pertenecieron y de los recuerdos e impresiones que siguen afectando a los personajes. La cineasta Hélène Louvart (Pina, 2011; Beach Rats, 2017; Petra, 2018) encuentra la luz de las pequeñas cosas y esto resulta ser una virtud esencial, pues la mayor parte del filme transcurre dentro de un pequeño departamento, que no deja de verse dinámico, contaminado por la pesadez de sus personajes y polifacético, según el estado anímico de quien lo habite, sea un vivo o un recuerdo.

Las relaciones que se gestan entre los actores y los objetos están trabajadas con tal compromiso que resultan significativas y reveladoras de lo que sucede entre los integrantes de la familia, cuyo trato fluctúa entre la neutralidad, el amor, la indiferencia, la compasión, la sensualidad y la agresión. Al retratar el luto, Alché hace evidentes dinámicas tabú que podrían ser parte de cualquier grupo fraterno, y lo hace sin intensas oscuridades, sino desde la luminosidad y el ajetreo de la vida diaria, que es donde se gestan los acontecimientos que pueden ser simultáneamente grandes para algunos, profundos para otros e imperceptibles para el resto de los miembros, incluso cuando viven amontonados, compartiendo y contribuyendo al mismo desorden del que a veces se vuelve urgente salir para respirar.

En este cuerpo hay alguien más; PRÍNCIPE DE PAZ, de Clemente Castor Reyes

Estampas de familia; Familia Sumergida, de María Alché

Por Sofía Ochoa Rodríguez

María Alché inició en el cine en 2004 como protagonista de La niña santa, de su compatriota Lucrecia Martel. Ahora, en su debut como directora de largometraje, además de que el personaje principal es interpretado por quien entonces fuera su madre, la flexibilísima Mercedes Morán, comparte rasgos con el trabajo de la consagrada realizadora argentina: hace una estampa de una familia desde lo íntimo, hay un gusto palpable en los diálogos por recrear la oralidad y sus dinámicas, la realidad y los sueños conviven sin exabruptos, y el sonido está diseñado como otra ficha que aporta y a veces incluso detona momentos en la historia.

Marcela, esposa y madre de tres jóvenes, acaba de perder a su hermana, Rina, una mujer soltera, hasta cierto punto estrafalaria. A Rina la conoceremos únicamente de forma indirecta, a través de los objetos que le pertenecieron y de los recuerdos e impresiones que siguen afectando a los personajes. La cineasta Hélène Louvart (Pina, 2011; Beach Rats, 2017; Petra, 2018) encuentra la luz de las pequeñas cosas y esto resulta ser una virtud esencial, pues la mayor parte del filme transcurre dentro de un pequeño departamento, que no deja de verse dinámico, contaminado por la pesadez de sus personajes y polifacético, según el estado anímico de quien lo habite, sea un vivo o un recuerdo.

Las relaciones que se gestan entre los actores y los objetos están trabajadas con tal compromiso que resultan significativas y reveladoras de lo que sucede entre los integrantes de la familia, cuyo trato fluctúa entre la neutralidad, el amor, la indiferencia, la compasión, la sensualidad y la agresión. Al retratar el luto, Alché hace evidentes dinámicas tabú que podrían ser parte de cualquier grupo fraterno, y lo hace sin intensas oscuridades, sino desde la luminosidad y el ajetreo de la vida diaria, que es donde se gestan los acontecimientos que pueden ser simultáneamente grandes para algunos, profundos para otros e imperceptibles para el resto de los miembros, incluso cuando viven amontonados, compartiendo y contribuyendo al mismo desorden del que a veces se vuelve urgente salir para respirar.

La juventud y sus paraísos; TARDE PARA MORIR JOVEN, de Dominga Sotomayor

Estampas de familia; Familia Sumergida, de María Alché

Por Sofía Ochoa Rodríguez

María Alché inició en el cine en 2004 como protagonista de La niña santa, de su compatriota Lucrecia Martel. Ahora, en su debut como directora de largometraje, además de que el personaje principal es interpretado por quien entonces fuera su madre, la flexibilísima Mercedes Morán, comparte rasgos con el trabajo de la consagrada realizadora argentina: hace una estampa de una familia desde lo íntimo, hay un gusto palpable en los diálogos por recrear la oralidad y sus dinámicas, la realidad y los sueños conviven sin exabruptos, y el sonido está diseñado como otra ficha que aporta y a veces incluso detona momentos en la historia.

Marcela, esposa y madre de tres jóvenes, acaba de perder a su hermana, Rina, una mujer soltera, hasta cierto punto estrafalaria. A Rina la conoceremos únicamente de forma indirecta, a través de los objetos que le pertenecieron y de los recuerdos e impresiones que siguen afectando a los personajes. La cineasta Hélène Louvart (Pina, 2011; Beach Rats, 2017; Petra, 2018) encuentra la luz de las pequeñas cosas y esto resulta ser una virtud esencial, pues la mayor parte del filme transcurre dentro de un pequeño departamento, que no deja de verse dinámico, contaminado por la pesadez de sus personajes y polifacético, según el estado anímico de quien lo habite, sea un vivo o un recuerdo.

Las relaciones que se gestan entre los actores y los objetos están trabajadas con tal compromiso que resultan significativas y reveladoras de lo que sucede entre los integrantes de la familia, cuyo trato fluctúa entre la neutralidad, el amor, la indiferencia, la compasión, la sensualidad y la agresión. Al retratar el luto, Alché hace evidentes dinámicas tabú que podrían ser parte de cualquier grupo fraterno, y lo hace sin intensas oscuridades, sino desde la luminosidad y el ajetreo de la vida diaria, que es donde se gestan los acontecimientos que pueden ser simultáneamente grandes para algunos, profundos para otros e imperceptibles para el resto de los miembros, incluso cuando viven amontonados, compartiendo y contribuyendo al mismo desorden del que a veces se vuelve urgente salir para respirar.

Por primera vez en el marco del FICUNAM se realizó CATAPULTA-Primer Corte, su nueva plataforma al fomento creativo. ¡Conoce a los ganadores!

Estampas de familia; Familia Sumergida, de María Alché

Por Sofía Ochoa Rodríguez

María Alché inició en el cine en 2004 como protagonista de La niña santa, de su compatriota Lucrecia Martel. Ahora, en su debut como directora de largometraje, además de que el personaje principal es interpretado por quien entonces fuera su madre, la flexibilísima Mercedes Morán, comparte rasgos con el trabajo de la consagrada realizadora argentina: hace una estampa de una familia desde lo íntimo, hay un gusto palpable en los diálogos por recrear la oralidad y sus dinámicas, la realidad y los sueños conviven sin exabruptos, y el sonido está diseñado como otra ficha que aporta y a veces incluso detona momentos en la historia.

Marcela, esposa y madre de tres jóvenes, acaba de perder a su hermana, Rina, una mujer soltera, hasta cierto punto estrafalaria. A Rina la conoceremos únicamente de forma indirecta, a través de los objetos que le pertenecieron y de los recuerdos e impresiones que siguen afectando a los personajes. La cineasta Hélène Louvart (Pina, 2011; Beach Rats, 2017; Petra, 2018) encuentra la luz de las pequeñas cosas y esto resulta ser una virtud esencial, pues la mayor parte del filme transcurre dentro de un pequeño departamento, que no deja de verse dinámico, contaminado por la pesadez de sus personajes y polifacético, según el estado anímico de quien lo habite, sea un vivo o un recuerdo.

Las relaciones que se gestan entre los actores y los objetos están trabajadas con tal compromiso que resultan significativas y reveladoras de lo que sucede entre los integrantes de la familia, cuyo trato fluctúa entre la neutralidad, el amor, la indiferencia, la compasión, la sensualidad y la agresión. Al retratar el luto, Alché hace evidentes dinámicas tabú que podrían ser parte de cualquier grupo fraterno, y lo hace sin intensas oscuridades, sino desde la luminosidad y el ajetreo de la vida diaria, que es donde se gestan los acontecimientos que pueden ser simultáneamente grandes para algunos, profundos para otros e imperceptibles para el resto de los miembros, incluso cuando viven amontonados, compartiendo y contribuyendo al mismo desorden del que a veces se vuelve urgente salir para respirar.

El peso de la historia; O PROCESSO, de Maria Augusta Ramos

Estampas de familia; Familia Sumergida, de María Alché

Por Sofía Ochoa Rodríguez

María Alché inició en el cine en 2004 como protagonista de La niña santa, de su compatriota Lucrecia Martel. Ahora, en su debut como directora de largometraje, además de que el personaje principal es interpretado por quien entonces fuera su madre, la flexibilísima Mercedes Morán, comparte rasgos con el trabajo de la consagrada realizadora argentina: hace una estampa de una familia desde lo íntimo, hay un gusto palpable en los diálogos por recrear la oralidad y sus dinámicas, la realidad y los sueños conviven sin exabruptos, y el sonido está diseñado como otra ficha que aporta y a veces incluso detona momentos en la historia.

Marcela, esposa y madre de tres jóvenes, acaba de perder a su hermana, Rina, una mujer soltera, hasta cierto punto estrafalaria. A Rina la conoceremos únicamente de forma indirecta, a través de los objetos que le pertenecieron y de los recuerdos e impresiones que siguen afectando a los personajes. La cineasta Hélène Louvart (Pina, 2011; Beach Rats, 2017; Petra, 2018) encuentra la luz de las pequeñas cosas y esto resulta ser una virtud esencial, pues la mayor parte del filme transcurre dentro de un pequeño departamento, que no deja de verse dinámico, contaminado por la pesadez de sus personajes y polifacético, según el estado anímico de quien lo habite, sea un vivo o un recuerdo.

Las relaciones que se gestan entre los actores y los objetos están trabajadas con tal compromiso que resultan significativas y reveladoras de lo que sucede entre los integrantes de la familia, cuyo trato fluctúa entre la neutralidad, el amor, la indiferencia, la compasión, la sensualidad y la agresión. Al retratar el luto, Alché hace evidentes dinámicas tabú que podrían ser parte de cualquier grupo fraterno, y lo hace sin intensas oscuridades, sino desde la luminosidad y el ajetreo de la vida diaria, que es donde se gestan los acontecimientos que pueden ser simultáneamente grandes para algunos, profundos para otros e imperceptibles para el resto de los miembros, incluso cuando viven amontonados, compartiendo y contribuyendo al mismo desorden del que a veces se vuelve urgente salir para respirar.

Simpatía por el diablo; MADE IN BRITAIN, de Alan Clarke

Estampas de familia; Familia Sumergida, de María Alché

Por Sofía Ochoa Rodríguez

María Alché inició en el cine en 2004 como protagonista de La niña santa, de su compatriota Lucrecia Martel. Ahora, en su debut como directora de largometraje, además de que el personaje principal es interpretado por quien entonces fuera su madre, la flexibilísima Mercedes Morán, comparte rasgos con el trabajo de la consagrada realizadora argentina: hace una estampa de una familia desde lo íntimo, hay un gusto palpable en los diálogos por recrear la oralidad y sus dinámicas, la realidad y los sueños conviven sin exabruptos, y el sonido está diseñado como otra ficha que aporta y a veces incluso detona momentos en la historia.

Marcela, esposa y madre de tres jóvenes, acaba de perder a su hermana, Rina, una mujer soltera, hasta cierto punto estrafalaria. A Rina la conoceremos únicamente de forma indirecta, a través de los objetos que le pertenecieron y de los recuerdos e impresiones que siguen afectando a los personajes. La cineasta Hélène Louvart (Pina, 2011; Beach Rats, 2017; Petra, 2018) encuentra la luz de las pequeñas cosas y esto resulta ser una virtud esencial, pues la mayor parte del filme transcurre dentro de un pequeño departamento, que no deja de verse dinámico, contaminado por la pesadez de sus personajes y polifacético, según el estado anímico de quien lo habite, sea un vivo o un recuerdo.

Las relaciones que se gestan entre los actores y los objetos están trabajadas con tal compromiso que resultan significativas y reveladoras de lo que sucede entre los integrantes de la familia, cuyo trato fluctúa entre la neutralidad, el amor, la indiferencia, la compasión, la sensualidad y la agresión. Al retratar el luto, Alché hace evidentes dinámicas tabú que podrían ser parte de cualquier grupo fraterno, y lo hace sin intensas oscuridades, sino desde la luminosidad y el ajetreo de la vida diaria, que es donde se gestan los acontecimientos que pueden ser simultáneamente grandes para algunos, profundos para otros e imperceptibles para el resto de los miembros, incluso cuando viven amontonados, compartiendo y contribuyendo al mismo desorden del que a veces se vuelve urgente salir para respirar.

SOLES NEGROS, por Karina Ansolabehere

Estampas de familia; Familia Sumergida, de María Alché

Por Sofía Ochoa Rodríguez

María Alché inició en el cine en 2004 como protagonista de La niña santa, de su compatriota Lucrecia Martel. Ahora, en su debut como directora de largometraje, además de que el personaje principal es interpretado por quien entonces fuera su madre, la flexibilísima Mercedes Morán, comparte rasgos con el trabajo de la consagrada realizadora argentina: hace una estampa de una familia desde lo íntimo, hay un gusto palpable en los diálogos por recrear la oralidad y sus dinámicas, la realidad y los sueños conviven sin exabruptos, y el sonido está diseñado como otra ficha que aporta y a veces incluso detona momentos en la historia.

Marcela, esposa y madre de tres jóvenes, acaba de perder a su hermana, Rina, una mujer soltera, hasta cierto punto estrafalaria. A Rina la conoceremos únicamente de forma indirecta, a través de los objetos que le pertenecieron y de los recuerdos e impresiones que siguen afectando a los personajes. La cineasta Hélène Louvart (Pina, 2011; Beach Rats, 2017; Petra, 2018) encuentra la luz de las pequeñas cosas y esto resulta ser una virtud esencial, pues la mayor parte del filme transcurre dentro de un pequeño departamento, que no deja de verse dinámico, contaminado por la pesadez de sus personajes y polifacético, según el estado anímico de quien lo habite, sea un vivo o un recuerdo.

Las relaciones que se gestan entre los actores y los objetos están trabajadas con tal compromiso que resultan significativas y reveladoras de lo que sucede entre los integrantes de la familia, cuyo trato fluctúa entre la neutralidad, el amor, la indiferencia, la compasión, la sensualidad y la agresión. Al retratar el luto, Alché hace evidentes dinámicas tabú que podrían ser parte de cualquier grupo fraterno, y lo hace sin intensas oscuridades, sino desde la luminosidad y el ajetreo de la vida diaria, que es donde se gestan los acontecimientos que pueden ser simultáneamente grandes para algunos, profundos para otros e imperceptibles para el resto de los miembros, incluso cuando viven amontonados, compartiendo y contribuyendo al mismo desorden del que a veces se vuelve urgente salir para respirar.

Desmontar la ficción; LA FLOR, de Mariano Llinás

Estampas de familia; Familia Sumergida, de María Alché

Por Sofía Ochoa Rodríguez

María Alché inició en el cine en 2004 como protagonista de La niña santa, de su compatriota Lucrecia Martel. Ahora, en su debut como directora de largometraje, además de que el personaje principal es interpretado por quien entonces fuera su madre, la flexibilísima Mercedes Morán, comparte rasgos con el trabajo de la consagrada realizadora argentina: hace una estampa de una familia desde lo íntimo, hay un gusto palpable en los diálogos por recrear la oralidad y sus dinámicas, la realidad y los sueños conviven sin exabruptos, y el sonido está diseñado como otra ficha que aporta y a veces incluso detona momentos en la historia.

Marcela, esposa y madre de tres jóvenes, acaba de perder a su hermana, Rina, una mujer soltera, hasta cierto punto estrafalaria. A Rina la conoceremos únicamente de forma indirecta, a través de los objetos que le pertenecieron y de los recuerdos e impresiones que siguen afectando a los personajes. La cineasta Hélène Louvart (Pina, 2011; Beach Rats, 2017; Petra, 2018) encuentra la luz de las pequeñas cosas y esto resulta ser una virtud esencial, pues la mayor parte del filme transcurre dentro de un pequeño departamento, que no deja de verse dinámico, contaminado por la pesadez de sus personajes y polifacético, según el estado anímico de quien lo habite, sea un vivo o un recuerdo.

Las relaciones que se gestan entre los actores y los objetos están trabajadas con tal compromiso que resultan significativas y reveladoras de lo que sucede entre los integrantes de la familia, cuyo trato fluctúa entre la neutralidad, el amor, la indiferencia, la compasión, la sensualidad y la agresión. Al retratar el luto, Alché hace evidentes dinámicas tabú que podrían ser parte de cualquier grupo fraterno, y lo hace sin intensas oscuridades, sino desde la luminosidad y el ajetreo de la vida diaria, que es donde se gestan los acontecimientos que pueden ser simultáneamente grandes para algunos, profundos para otros e imperceptibles para el resto de los miembros, incluso cuando viven amontonados, compartiendo y contribuyendo al mismo desorden del que a veces se vuelve urgente salir para respirar.

SOLES NEGROS. Las huellas de las desapariciones en México, en 24 cuadros

Estampas de familia; Familia Sumergida, de María Alché

Por Sofía Ochoa Rodríguez

María Alché inició en el cine en 2004 como protagonista de La niña santa, de su compatriota Lucrecia Martel. Ahora, en su debut como directora de largometraje, además de que el personaje principal es interpretado por quien entonces fuera su madre, la flexibilísima Mercedes Morán, comparte rasgos con el trabajo de la consagrada realizadora argentina: hace una estampa de una familia desde lo íntimo, hay un gusto palpable en los diálogos por recrear la oralidad y sus dinámicas, la realidad y los sueños conviven sin exabruptos, y el sonido está diseñado como otra ficha que aporta y a veces incluso detona momentos en la historia.

Marcela, esposa y madre de tres jóvenes, acaba de perder a su hermana, Rina, una mujer soltera, hasta cierto punto estrafalaria. A Rina la conoceremos únicamente de forma indirecta, a través de los objetos que le pertenecieron y de los recuerdos e impresiones que siguen afectando a los personajes. La cineasta Hélène Louvart (Pina, 2011; Beach Rats, 2017; Petra, 2018) encuentra la luz de las pequeñas cosas y esto resulta ser una virtud esencial, pues la mayor parte del filme transcurre dentro de un pequeño departamento, que no deja de verse dinámico, contaminado por la pesadez de sus personajes y polifacético, según el estado anímico de quien lo habite, sea un vivo o un recuerdo.

Las relaciones que se gestan entre los actores y los objetos están trabajadas con tal compromiso que resultan significativas y reveladoras de lo que sucede entre los integrantes de la familia, cuyo trato fluctúa entre la neutralidad, el amor, la indiferencia, la compasión, la sensualidad y la agresión. Al retratar el luto, Alché hace evidentes dinámicas tabú que podrían ser parte de cualquier grupo fraterno, y lo hace sin intensas oscuridades, sino desde la luminosidad y el ajetreo de la vida diaria, que es donde se gestan los acontecimientos que pueden ser simultáneamente grandes para algunos, profundos para otros e imperceptibles para el resto de los miembros, incluso cuando viven amontonados, compartiendo y contribuyendo al mismo desorden del que a veces se vuelve urgente salir para respirar.