El cortometraje de Valeria Annemick fue filmado durante el confinamiento de 2020, año que nos hizo preguntarnos, entre otras cosas, por nuestra relación con los otros, con las imágenes y con las pantallas. Las imágenes en el montaje de Valeria reflexionan sobre la soledad, la memoria y los hogares. Como en la memoria, en el cortometraje se combinan imágenes de archivo (una feria, una playa) con imágenes domésticas del encierro filmadas en el presente (la cocina, su fiesta de cumpleaños, el rostro de su madre).
Como en un documental subjetivo, la experiencia propia se representa con el texto inscrito sobre la imagen y es esa experiencia la que le da sentido a las imágenes. Leemos los pensamientos de Valeria mientras vemos lo que capturó su cámara: palabra e imagen forman una unidad de pensamiento; el vuelo de un ave, el tiempo del cortometraje que transcurre entre la ida y la vuelta del hogar materno, en su departamento están los proyectos sin terminar y la soledad. El desplazamiento físico funciona como correlato de su estado emocional: “soy un ave”, piensa en un momento. Estar en migración constante, en un sitio y en ninguna parte; la cuarentena trastocó nuestra subjetividad.