Fulgor y Sombra: una mitología sobre los extremos y las imágenes que nos habitan
Una entrevista con Néstor Jiménez
Texto: Mario Valencia
Entrevista: Pablo Rendón
Fotografía: Fabio González
La dualidad permea cada aspecto de nuestras vidas. Los opuestos que marcan nuestras decisiones, discursos y acciones llenan de matices todo lo que nos rodea.
Con esta idea en mente, conocemos a Fulgor y Sombra, protagonistas de la imagen de FICUNAM 16, creados por el artista capitalino Néstor Jiménez, quien nos compartió en entrevista la idea detrás de este dúo que nos acompañará del 5 al 15 de noviembre durante el festival.
“En el año 2022 tuve la oportunidad de ser invitado a la 16 Biennale de Lyon, en Francia, donde encontré una enorme cantidad de pinturas, esculturas y manifestaciones, sobre todo figurativas, que abordaban este tema. Al regresar de esa experiencia empecé a preguntarme mucho sobre los extremos políticos y sobre los tiempos de extrema política en los que estamos viviendo.
Sobre todo, siendo una persona de Latinoamérica que viajaba a Europa, eventualmente empecé a observar muchas cuestiones sociales relacionadas con la diferencia cultural e incluso con diferencias en el trato cotidiano.
También empecé a preguntarme cuáles eran las razones de esas diferencias y cómo estábamos viviendo procesos de polarización y radicalización dentro de nuestras sociedades. Eso me llevó a enlazarlo, de una forma casi natural, con esos mitos fundacionales.
La pregunta, básicamente, era desde dónde estamos entendiendo la radicalización y cómo esto se puede representar. También cuáles son los productos de la industria cultural que nos permiten hacerlo. En ese sentido, para mí era muy importante crear estos dos personajes que, incluso al nivel del absurdo, representaran esas fuerzas llevadas a su extremo.
Fulgor y Sombra son una parodia de la representación histórica de esas dualidades. Serían una versión un poco retorcida de Rómulo y Remo, fundadores y destructores de imperios”, mencionó el artista.
A primera vista, la falta de formas tangibles les da una cualidad visual única a los personajes, que de inmediato atrapan al espectador para mostrarle un amplio espectro visual.
“Los primeros dibujos de Fulgor y Sombra eran mucho más básicos, más esquemáticos. Trataba de trabajar con una representación muy directa de ellos, casi como si fueran pinturas del paleolítico. Después de un tiempo me di cuenta de que precisamente el barroquismo era lo que iba a ayudarlos a comunicar de mejor forma el sentido de su distorsión.
Poco a poco la serie fue evolucionando. Eso es algo muy especial cuando uno desarrolla un personaje, porque con el paso del tiempo va adquiriendo características propias alimentadas también por las imágenes que consumimos.
Empecé a pensar que la distorsión de sus cuerpos era precisamente lo que ayudaría a entender esa extrañeza ideológica en el mundo.
Cuando pensamos en fenómenos sociales y políticos que se han ido replicando a lo largo del tiempo, vemos que son muy diferentes de su comienzo y terminamos percibiéndolos totalmente distorsionados. Esas izquierdas que se convierten en totalitarismos y esas derechas o conservadurismos que abogan por valores como la familia y que, de repente, se vuelven aparatos represivos, para mí son una ampliación y una exacerbación de esos cuerpos sociales que se van distorsionando con el paso del tiempo.
Creo que la decisión de empezar a trabajar de esa manera fue precisamente establecer una metáfora sobre cómo percibimos esas realidades.
La idea de jugar con la corporalidad de Fulgor y Sombra también consistía en hacerlos muy líquidos, por así decirlo. Pensaba en una metáfora de estos valores sociales propios de la modernidad, retomando a Bauman. Ya no tenemos propiamente valores fijos que permitan fundar instituciones sólidas y confiables; en realidad vamos muy de la mano con los cambios económicos, que impiden que podamos establecernos de una forma mucho más sólida.
Entonces Fulgor y Sombra también representan esa liquidez, esa volatilidad y ese cambio de perspectiva, incluso muy inconsciente. Eso es, en el fondo, lo que los hace tan violentos: pueden cambiar de percepción muy rápidamente sin detenerse demasiado a pensar”, declaró.
Su composición, en torno siempre al ojo aislado, es un eje que nos lleva a recorrer cada detalle oculto en una mitología propia de Néstor.
“Cuando empecé a plantear la apariencia de Fulgor y Sombra, quiénes debían ser y cómo debían verse, pensaba mucho en la idea de que, en realidad, eran parte de lo mismo.
Ambos representan los dos extremos políticos, sobre todo si pensamos en la última mitad del siglo XX. Estamos hablando del fascismo y del comunismo, que en el siglo XXI han sido reinterpretados de maneras muy confusas.
Me interesaba mucho establecer ese diálogo entre los personajes: qué tanto Fulgor, que representa a la extrema izquierda, se parece a Sombra, que representa a la extrema derecha, y cuál es el punto en el que ambos se tocan. Incluso, como una broma oscura al inicio del proyecto, pensaba que Fulgor y Sombra eran hermanos gemelos, hijos de una misma madre llamada Miseria.
Desde ahí comenzaba el sentido de la crítica social: cómo esas condiciones de precariedad y desesperación han visto surgir movimientos totalitarios a lo largo de la historia.
Al mismo tiempo que eran hermanos, son parte de una misma cosa. Eso permitía hacer una especie de división y pensar que, si un cuerpo tiene dos ojos, al separarse cada uno conserva solamente uno.
También lo relacionaba con el mito de los cíclopes, particularmente con Polifemo en La Odisea. Históricamente, el cíclope ha sido una representación de esa violencia derivada de la ignorancia y de la fuerza bruta. Creo que sobra explicar cómo eso puede relacionarse con los movimientos extremistas.
Por otro lado, pensaba mucho en la idea de establecer otra metáfora. Nosotros percibimos el espacio en profundidad gracias a la visión binocular. Si fuera posible vivir con un solo ojo, nuestra percepción sería completamente plana: veríamos todo al mismo tiempo y sin profundidad.
Eso me parecía una metáfora muy poderosa sobre el totalitarismo: empezar a ver todos los problemas y todos los estratos sin matices, como si todo estuviera en un mismo plano.
Esa es parte de la brutalidad que encierran Fulgor y Sombra. Si analizas sus rostros, en realidad son muy básicos: un ojo y algunos dientes. Además, en la mayoría de las composiciones carecen de orejas. Obviamente, eso también es una cuestión simbólica. Solo ven y engullen. Son una boca que devora y un ojo que observa, pero que también ve todo distorsionado.
Esa es la parte que más me interesa al construir estos personajes: que esas características físicas se conviertan por sí mismas en mensajes y en metáforas del comportamiento humano”, reflexionó.
Para el artista, la imagen se conjuga perfectamente con la idea narrativa que nos impulsa hacia el arte cinematográfico.
“Mucho de este proyecto habla del establecimiento de las narrativas. Es muy interesante porque, por ejemplo, en la pintura hablamos mucho de la imagen que nos falta. Es decir, esa cosa que hay antes y después de la acción que está congelada. Imaginar qué serie de factores ocurrieron previamente para que lleguemos a ese punto y cómo va a desenlazarse esa imagen a futuro.
Esa es una parte muy bonita de apreciar la pintura figurativa, porque también te permite crear posibilidades infinitas hacia el futuro o hacia el pasado.
Cuando pienso en la primera presentación de Fulgor y Sombra, que fue en 2024, el primer corte del proyecto, una exposición que se llamaba Fulgor y Sombra: Toda una vida deslumbrados, hablaba de los capítulos de la infancia de Fulgor y Sombra de manera aislada.
Un poco también como entendemos históricamente, por ejemplo, las pinturas de la Biblia: son mitos fundacionales, pero vas a una catedral o a una iglesia y puedes ver escenas de la Pasión de Cristo divididas y con muchos huecos. Y esos huecos son los que me parecen muy importantes, precisamente porque tienes las Tres Caídas, la Crucifixión, el Monte Getsemaní y demás, pero hay días y semanas de diferencia entre esas imágenes que te invitan a preguntarte qué es lo que ha pasado y qué es lo que va a pasar después.
Esas narrativas dentro de Fulgor y Sombra me interesan mucho porque permiten que el público también cree sus propias historias y pueda interpretarlas de una forma mucho más libre.
También es muy interesante jugar con el sentido de la narrativa, que es un poco lo que sucede en el cine y en la literatura: cómo en el público puede permear una idea y cómo también puede formar y conformar grupos sociales a través de que todos estén de acuerdo y crean esa misma narrativa.
Eso es lo que me parece realmente importante: cómo un discurso puede ser muy afable o también muy peligroso”, reflexionó.
Una de las búsquedas importantes para Jiménez es darle un equilibrio entre la representación y la abstracción a sus personajes, pero sin dejar abierta la interpretación del público.
“Creo que también tenemos, como seres humanos, una predisposición a buscarle sentido a las formas, a ponerles nombre y apellido. Nuestra psique empuja a que encontremos algo reconocible en esa forma.
Muchos de los retratos literalmente comienzan con manchones de color negro o rojo y poco a poco van adquiriendo la forma de un retrato político. Es decir, cómo estos terrores que existen en lo social aparecen cuando uno empieza a ver gente de otras nacionalidades cerca de tu casa y lo primero que intentas reconocer es que o todo está bien o, de plano, te vuelves alguien totalmente xenófobo y dices: “No, todo está mal, están invadiendo el país”, alimentando un terror.
El equilibrio de esas obras se logra cuando empiezas a comprender, dentro de lo figurativo, algo que en realidad era abstracto y que también es parte de tu interpretación. Todo esto juega y funciona hacia la crítica social.
El trabajo tampoco pretende dictar una dirección para ser visto, sino promover las pausas o dar las condiciones para que el espectador no tome un extremo. Hay gente que puede ver en Fulgor y Sombra exactamente lo que acabo de decir: un asunto de terror totalitario y totalmente intolerante; y hay quienes ven totalmente lo contrario, quienes encuentran escenas bonitas de convivencia infantil.
Pero eso también depende mucho de la experiencia social.
Me cuido mucho de no ser doctrinario porque con estos temas corres mucho riesgo de ser propagandístico y panfletario. Eso es una cosa que también tenemos en contra en estos tiempos. Pareciera que las imágenes de crítica social normalmente están vinculadas con la izquierda o con el espectro político más social, y que las imágenes agradables, entre comillas, están vinculadas con el consumo y el capital.
Eventualmente creo que en ese espectro es en el que nos estamos moviendo y es muy importante cuestionarlo. El mundo de las imágenes está orientado hacia algo y está producido por estructuras, y hay que someterlas todo el tiempo a análisis.
Cuando ves algo muy pop y dices: “Esto es inofensivo”, también estás perdiéndote o bajando la guardia ante algo que puede no ser un panfleto comunista ni el diablo en carne propia, pero que, si no lo sometes a juicio, estás perdiendo la oportunidad de comprender un mundo más complejo.
No soy nadie para decirle a la gente: “Tienes que pensar esto” o “tienes que pensar aquello”. Yo observo y, al mismo tiempo, me pregunto también a mí mismo, como ser humano más allá de artista, tratando de establecer un diálogo mucho más amplio”, analizó Néstor.
En FICUNAM realizamos un ejercicio sobre qué transmiten los personajes y las reacciones que provocan las diferencias entre ambos. Este tipo de experimentos y comentarios recibidos le ayudan mucho a Jiménez a llevar a cabo su labor.
“Últimamente he tenido toda la fortuna de recibir muchos comentarios de retroalimentación. Por ejemplo, en la exposición del MUAC la gente ha tenido la confianza de escribirme de forma directa por Instagram o por cualquier otro medio externando su opinión.
Al trabajar con temas sociales, me parece muy importante estar abierto a escuchar la opinión de las personas. Me parecería muy injusto decir: “Voy a hablar de un conflicto social, pero no me interesa lo que nadie alrededor tenga que decir sobre ese núcleo social”. También estás hablando de otras personas y de interpretaciones propias de sus experiencias.
En ese sentido, la gente tiene todo el derecho a opinar y decir: “Considero que sí lo veo de esta forma” o “para mí no es de esta forma y nunca lo fue”. Estoy abierto a estar en una equivocación, porque entonces la obra deja de ser unilateral, lo cual es uno de los grandes problemas cuando se habla desde un solo lugar, sobre todo cuando se habla desde un lugar en el que realmente no estás.
La mayor parte de los creadores pertenecemos a un sector específico, a una clase social específica desde la cual desarrollamos nuestra práctica, tan válida como la de cualquier otro. Pero es importante no invisibilizar las experiencias reales que existen alrededor de nuestros temas.
Justo estas opiniones que me han ido llegando son un buen detonante para la discusión de la obra. Me he dado cuenta de que una de las cosas que agradezco bastante cuando suceden es que me enseñan a ver cosas que yo tampoco había visto.
Creo que un artista no es alguien que tiene la razón o la última palabra en todo lo que plantea y dice. No es hacer una exposición o una imagen para algún festival y decir: “Yo opino y esta es la verdad sobre las cosas”. Al final, los artistas también vamos catalizando ciertas emociones o sensaciones que existen dentro de lo social, y es completamente válido nutrirlas a través de otras experiencias.
Ha estado padre y me gustan mucho ejercicios como el que me planteas, de cómo sienten las personas la visualidad. Obviamente hay oportunidad, a veces, de conversar cara a cara sobre el proceso o sobre las ideas que permean las obras, pero muchas veces la obra habla por sí misma. La gente no te conoce a nivel personal, ni tú a ellos, y eventualmente tiene derecho a hacerse una idea de lo que tú estás planteando.
Nos explicamos a través de nuestra obra porque, para quienes hacemos pintura o artes visuales en general, nuestra primera lengua son las imágenes. Ya la plática, el conversatorio o la entrevista son un plus que se agradece en muchas ocasiones. A veces también puede jugar en nuestra contra, pero forma parte del diálogo”, añadió.
Con este gran trayecto y concepto, Fulgor y Sombra encontró su hogar como la identidad visual de FICUNAM, llevando al artista a reflexionar sobre la importancia del arte público.
“Tenemos muchos ejemplos en México, sobre todo con el mural y con las imágenes dentro de las instituciones. Pero, para mí, esa no es la única forma de hacer arte público ni la única forma de que el arte llegue a tu casa.
Obviamente tenemos también el arte de colección y demás, pero esa también es una forma de circulación muy corta, con un público muy especializado y un nicho muy concreto.
Entonces empecé a preguntarme si valía la pena extender la función de estos personajes, que al final de cuentas nacen también de la necesidad de hacer públicas las preguntas de las que hablábamos al inicio. Es decir: ¿cómo interpretamos la religión y cuál es su papel en el entendimiento que tenemos de lo social? Curiosamente, sigue siendo muy dicotómico.
Seguimos pensando mucho en extremos. Estamos a favor de esto o estamos en contra de esto. Nos cuesta mucho trabajo, como sociedad, pensar en matices. No entiendo al cien por ciento el porqué, pero sí noto que nos cuesta mucho trabajo pensarlos, de forma consciente o inconsciente.
En ese sentido, cuando los personajes surgieron de esas preguntas, pensé que valía la pena incluirlos u ofrecerles la oportunidad de vivir dentro de lo social. La parte del museo y la parte de la galería son un estrato de lo social, pero la cotidianidad es mucho más fuerte.
Fue entonces cuando empecé a promover que Fulgor y Sombra aparecieran en diferentes medios de comunicación y de consumo de imagen. Tuve la oportunidad de proponerlos, por ejemplo, para la revista de la UNAM, en el número dedicado a la educación, que era un compilado de textos de diferentes autores sobre ese tema.
Se hizo una selección de imágenes de la serie Fulgor y Sombra que hablaban acerca de la relación con la escuela. Había imágenes relacionadas con la típica pelea a la salida de la escuela, el futbol detrás de la escuela, el salón de clases. Acciones muy sencillas, pero que simbolizaban mucho las relaciones sociales.
Hay una pintura que habla de la mano izquierda, sobre cómo en algún momento de la educación se corregía o se interpretaba que escribir con la mano izquierda era algo malo, incluso a través de la fuerza, cuando los maestros todavía pegaban.
Eso se me hacía muy fuerte también a la hora de construir una metáfora sobre lo político: la represión al zurdo, la represión al que protesta, hasta que se vuelva “derechito”.
Entonces todas esas imágenes iban encontrando interpretación dentro de la experiencia propia de las personas. Gente que había vivido ese periodo de la educación empezaba a relacionarlas con su propia historia.
Creo que ahí empezaban a funcionar de otra forma, porque perdían esa distancia que a veces existe con los museos o esa predisposición del público general de pensar: “Yo no entiendo las obras de los museos, entonces tengo que leer la ficha para saber de qué hablan”.
En la revista de la UNAM era una manera mucho más informal de aproximarse a ellas y la gente podía relacionarlas con mayor facilidad. Después salieron también en publicaciones sobre derechos humanos, en libros y en otras experiencias de ese estilo.
Después de ver un par de imágenes, de saber un poco qué representan o incluso desde una afinidad visual, hay gente que dice: “A mí me gusta más el rojo”. Literalmente parte desde eso. “Me gusta más el negro, el negro me parece más elegante, me parece más fuerte. O el rojo: ‘No, es que el rojo vibra increíble, es un color con mucha más energía’”.
Y la gente empieza a decir, o al menos me ha tocado escucharlo, literalmente: “Soy Team Sombra” o “Soy Team Fulgor”. Porque volvemos a esas ideas.
De repente, cuando piensas que Fulgor representa el fascismo o el socialismo, la gente empieza a cuestionarse: “¿Por qué me gusta tanto esto?”. O qué valores, sin declararme un fascista, comparto con eso. O qué tanto he renegado yo del socialismo y, de repente, me doy cuenta de que toda mi estructura de vida está fundada en la comunidad.
Esos extremos me interesan mucho que se aprendan a través de lo asequible. Creo que también hay muchas cosas que han ido surgiendo en Fulgor y Sombra que, al mismo tiempo, aparecen en revistas muy serias, especializadas, en libros y cosas así, pero que también han ido apareciendo, por ejemplo, en publicidad; en aparatos que normalmente tenemos reservados para la superficialidad.
Eso también es muy interesante: cómo fácilmente son muy versátiles, cómo pueden irse moviendo entre esos medios”, dijo.
Ideológicamente, Fulgor y Sombra se encuentran en casa al convivir con el carácter reaccionario de FICUNAM.
“El cine, bien o mal, siempre ha estado vinculado con la industria. Surge también, en sus inicios, a través de experimentos industriales que iban a promover sistemas económicos particulares, vinculados con la ciencia, con la óptica y con un montón de cosas que van mucho más allá de la práctica de un artista en su estudio.
También siempre ha sido un arte colectivo, un arte que encierra en sí mismo ideologías. Para mí era el terreno fértil para que estos dos personajes aparecieran a través de todas las cosas que también existen alrededor del cine.
Si piensas en todo lo que el cine comercial arroja hacia la gente, es muchísimo. Todo lo que puedes consumir: los termos, las palomitas, los dulces… Todos esos son productos de consumo social que están permeados por ideología.
Al final de cuentas pareciera algo muy inocente. “Ah, pues solamente es un cartel”, “solamente es el envoltorio de las palomitas”. Pero todo eso también obedece a intereses industriales. Ese es el terreno fértil para que estos dos hagan algo”, concluyó entre risas.