Sin-ttulosss-1.jpg

«Mucho de lo que escribo tiene que ver con el cine», David Miklos

David Miklos (San Antonio Texas, 1970) es escritor y editor mexicano. Fundó y dirigió la revista de creación y crítica literarias Cuaderno Salmón y es jefe de redacción de la revista Istor de la División de Historia del CIDE, donde imparte un seminario de Historia y Literatura. Con Tusquets ha publicado la trilogía conformada por las novelas La piel muerta (2005), La gente extraña (2006) y La hermana falsa (2008); Brama (2012), No tendrás rostro (2013) y Dorada (2014); también es autor de Miramar (Textofilia, 2014) y El abrazo de Cthulhu (Textofilia, 2013). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

 

Pablo Rendón: David, ¿te consideras cinéfilo?

David Miklos: Sí, totalmente. Toda mi vida he visto películas, desde niño. Primero incitado por mis padres y luego por gusto propio. El cine siempre me ha acompañado no sólo como espectador, sino como escritor. Mucho de lo que escribo, directa o indirectamente, tiene que ver con el cine que he visto. Igual que los libros dejan su huella, a mí me han marcado las películas que he visto.

PR: ¿Cómo compaginas el oficio de escribir con tu afición por el cine?

DM: Van mucho de la mano, ya que siempre he escrito de manera cinematográfica. Escribo con evidentes planos, mi prosa es muy visual, son secuencias muy cinematográficas. Creo que el cine conjuga muchos de los elementos narrativos que a la literatura le faltan después; en un libro es muy difícil incluir música, movimientos de cámara, entre otras cosas. Después de ver mucho cine, uno logra integrar eso que ve en eso que escribe. Pienso en el Nouveau: Alain Resnais y Alain Robbe-Grillet, que hacen “cine escrito”, de alguna forma. Ahí está el guión de Hiroshima mon amour (1959), de Margueritte Duras, que también escribe de manera muy cinematográfica. Ciertamente son influencias literarias que tienen que ver con el cine.

PR: Comparto la opinión de que tu trabajo resulta muy cinematográfico, como dictado a un actor…

DM: Sí, son indicaciones. De hecho me pasó con La vida en Trieste (Ed. Nieve de Chamoy, 2017). Alguna vez me pidieron adaptar un relato mío a guión y escogí el que da nombre al libro porque lo escribí de esa manera. Hay diferentes escenas con indicaciones muy claras, pero quería hacerlo todavía más visual. Sí, siempre he escrito así.

PR: Situándonos en el auge del arte multidisciplinario, ¿te ves haciendo cine?

DM: Durante mucho tiempo coquetee con la idea. Mi hermana estudió cine, entonces yo tenía la idea de hacer un guión y que luego ella lo filmara. Uno de mis mejores amigos, César, también estudió cine y teníamos la idea de hacer una película juntos, desde el guión y luego aventarnos al ruedo. Siempre está el antojo de hacerlo, pero luego pienso en mis amigos cineastas y mejor que lo hagan ellos; pienso en Kyzza Terrazas y Natalia Beristain, que hacen el tipo de películas que me gustan y me contesto con eso. Por ejemplo, veo El lenguaje de los machetes (2011) y pienso en lo complejo que es todo el proceso. Yo soy muy ensimismado y esta cosa del director que tiene que jalar tantos hilos… creo que me abrumaría, pero siempre es algo que seduce.

PR: ¿Cuáles son las influencias cinematográficas en tu obra?

DM: Bergman dejó una huella muy clara. También el Woody Allen bergmaniano, con obras como Interiores (1978) o Another Woman (1988). Por otro lado, está David Lynch; con Lynch tuve un enamoramiento muy grande, sobre todo con Blue Velvet (1986); en algún momento Wild at Heart (1990), la cual volví a ver y no pasó la prueba. Ahora que regresó con Twin Peaks (2017), que más que una serie de televisión es una gran película, me di cuenta de todas las deudas que tenía con él.

PR: La crítica consideraba Dorada (Tusquets, 2014) como el más lynchiano de tus libros. ¿Estás de acuerdo?

DM: En cierto sentido sí, sobre todo con el Lynch de Twin Peaks (1990-1991) y Fire Walk With Me (1992), porque existen dos planos de realidad muy evidentes: la realidad y el otro mundo, que no es necesariamente fantástico, que está detrás de la cortina roja. Dora tiene mucho de perturbadora, como desplazar a los personajes del devenir cotidiano más evidente hasta las “zonas aparte” de la realidad, igual que en Blue Velvet.

PR: Uno de los temas que constantemente tratas a la hora de escribir es el del retorno al origen. ¿Cuál es el origen de tu cinefilia?

DM: Hay dos momentos. Uno fue la evidente exposición al cine por parte de mis padres que nos llevaban a ver lo que fuera. De niños nos llevaban a ver películas de Kurosawa, que fueron dejando su marca. Desde luego está el cine más comercial, con las películas palomeras que hizo que me vinculara con las dos formas de ver cine. El segundo momento fue cuando mi padre me llevó a una exposición, que tenía que ver con la marihuana. Estamos hablando de mediados de los setenta, creo que era su manera de enseñar: aleccionarme con algo que tenía una curatoría detrás. Recuerdo que había una proyección: eran tres personas en un coche bajando una montaña, se fumaban un churro y entraban a un túnel del que ya no salían; la cámara seguía el recorrido al exterior y de pronto ya no había auto. Esa secuencia, con todo lo que supuso asistir a la exposición, se quedó muy marcada de forma cinematográfica. A partir de esa escena es que escribo. Todo lo que escribo está relacionado, como dices, con el origen y son precisamente esas secuencias que uno conserva y que luego traduce, las que me motivan. Wim Wenders decía que él comenzó filmando con una cámara estática lo que sucedía en la calle; ponía la cámara afuera y registraba lo que ocurría. Así trabaja la memoria.

PR: Además de las distintas formas de ver cine que mencionas, ¿para ti existen distintos tipos de cine?

DM: Sí, definitivamente. El cine palomero más evidente siempre responde a esquemas de guión muy clásicos: tensión, pico, desenlace. Eso funciona para un espectador menos acostumbrado a películas que están narradas de forma distinta. Acabo de ver Una bella luz interior (2017), de Claire Denis, y me parece una manera portentosa de hacer cine. Lo hace a partir de la palabra, de los Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes. Es una película que lleva el lenguaje escrito al lenguaje hablado, en una cierta acción que permanece detenida. Es algo que no encuentras en el cine palomero, alguien que está acostumbrado a ver películas con una hechura muy clásica no sabe cómo comunicarse con la cinta. Veía también una adaptación de The Sound and the Fury (2014) que hace James Franco y es increíble la manera de narrar. Ocurre lo mismo, hay una narración que va más allá de la acción. Desde luego todo eso no tiene nada que ver con la saga de Star Wars o algo así.

PR: ¿A ti como lector te gustan las adaptaciones cinematográficas de obras literarias?

DM: No, y creo que el mejor ejemplo de ello es Kubrick, estaban los libros y él al final hacía lo que se le pegaba la gana con sus películas. Pienso en El Resplandor, que me gustó mucho pese a no ser de los mejores libros de Stephen King… ¡y la película es otra cosa! La película me parece superior, igual que 2001: Odisea en el espacio, que el libro es muy poca cosa si lo comparas. El problema surge cuando tienes un vínculo muy fuerte con un libro y hacen una película basada en él… ¡y al verla no puedes dejar de pensar en el libro! Me pasó con Zama (2017) de Lucrecia Martel, me resultó imposible desconectarla del libro. La fui a ver con mi mujer, Bárbara, que no había leído el libro, y estaba de alguna manera frustrada. Creo que Lucrecia trató de desentenderse del texto para hacer su propia versión, porque además es una obra literaria que sí tiene un peso muy fuerte, es un libro muy bueno. Es un ejercicio interesantísimo, pero son cosas aparte. Esto de “no vayas a ver la película hasta no leer el libro” no es cierta, al final son cosas distintas.

PR: ¿Y cuáles son tus adaptaciones preferidas?

DM: Hay una novela de Rick Moody, La Tormenta de Hielo, que fue adaptada por Ang Lee y es una de mis películas favoritas, porque además es muy literaria. Wonderboys, de Michael Chabon; me gusta más la película que la novela, y la novela me gusta mucho. Otra que me gusta mucho es la adaptación que hace Soffía Coppola de Las Vírgenes Suicidas, de Jefrrey Eugenides. Todo esto obviando a Kubrick, que se cuece aparte.

PR: ¿A ti como escritor te gustaría ver tu trabajo plasmado en la gran pantalla?

DM: De pronto, sí. Creo que algunos de mis libros podrían filmarse, pero luego pienso más en montajes teatrales, aunque también ese es un buen recurso fílmico. Pienso en el lado más brechtiano de Lars von Trier, como en Dogville (2003) que es magnífica, o en lo que hizo James Franco con Faulkner, que también es muy teatral. A cualquier escritor le gustaría eso, con toda la frustración que conlleva.

PR: ¿Qué película te hubiera gustado hacer?

DM: Mi generación quedó marcada por el cine de Wim Wenders, con cintas como Las alas del deseo (1987), con sus subsecuentes fiascos. Pero la película que me hubiera gustado hacer, en el doble sentido de escritura y realización es Paris, Texas (1984). Todo ese trabajo de Sam Shepard de escribir en movimiento y la forma en que lo hace. Además de trabajar con esos actores, Nastassja Kinski y Harry Dean Stanton.

PR: ¿Cuáles son los actores por los que sientes empatía?

DM: John Malkovich. También me gusta mucho el Jim Carrey no cómico, pero sí haciendo de el gran cómico en Man on the Moon (1999) o en Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004). Harry Dean Stanton es un actorazo, también Daniel Day Lewis. Me gusta mucho el combo de actores de Goodfellas (1990) de Scorsese, que es otro de mis cineastas favoritos.

PR: ¿Y las actrices que te seducen?

DM: Juliette Binoche, Irène Jacob y Nastassja Kinski me gustan mucho. Catherine Deneuve también me fascina. Pero mi actriz preferida es Gena Rowlands desde las películas con su exesposo, John Cassavetes, hasta Another Woman (1988) en la que sale más grande. ¡Ella me encanta! Es mi actriz favorita.

PR: Volvamos a la cuestión de la búsqueda del origen. ¿Hay películas que dialoguen con tu escritura?

DM: Sí, uno siempre encuentra consonancias. Es un diálogo perpetuo. Por ejemplo, en su momento, el debut de Soderbergh, Sexo, mentiras y video (1989), para mí fue impactante, sentía que tenía mucho en común y me dejó una huella por todos los reflejos encontrados. Cuando vi El decálogo (1988) o Tres colores (1993) de Kieslowki también quedé marcado, además de que influyó mucho en mi manera de escribir.

PR: El cine de vanguardia, quizás no necesariamente narrativo, ¿también te gusta?

DM: Sí, soy muy fanático de Chris Maerker y de Jean-Luc Godard. También del último Terrence Mallick, que ya es muy difícil de entender; me gusta mucho esa hiperfragmentación y estos diálogos ocultos o desplazados, así también me gustaría escribir… aunque al final las películas puedan ser un poco fallidas, los recursos que tiene me parecen geniales.  Desde Badlands (1973), que a pesar de sus cortes temporales fuertes, me gusta mucho. Me gusta la conexión con la naturaleza, con el origen mismo, con cierta ciencia y al mismo tiempo con el mundo místico. Y Tarkovski… ¡qué te digo!

PR: ¿Y eres consumidor de cine mexicano?

DM: Sí, como decía antes el cine de Kyzza y Natalia me gusta mucho, aunque son registros completamente opuestos. Me gusta el Reygadas de Luz silenciosa (2007) y de Batalla en el cielo (2005), por ejemplo. Amat Escalante también me gusta mucho. Para mí no hay distinción de nacionalidad, para mí es cine.

PR: ¿Por qué es importante que un escritor vea cine?

DM: Creo que por lo que decía al principio. Te da muchísimas más herramientas para narrar y te enseña que en la página puedes poner todo eso. En lo que escribes tienes la forma de meter sonidos, paneos, tu dolly narrativo e incluso el tratamiento fotográfico, que no es necesariamente el retrato fijo, sino el tratamiento de la luz en el relato.