the-lion-sleeps-tonighst-1.jpg

Pasen a ver al león: 'El león duerme esta noche', de Nobuhiro Suwa

La cinta más reciente del director japonés Nobuhiro Suwa es un homenaje a la Nouvelle Vague francesa que tanto ha influenciado su obra. 


Por Pablo Rendón

El león duerme esta noche marca el regreso como director del japonés Nobuhiro Suwa, cuyo último trabajo, Yuki & Nina (2009), fue un ejercicio a cuatro manos con el actor y cineasta francés Hippolyte Girardot en el que exploraban la amistad entre dos niñas de culturas distintas. Como dato curioso, el personaje de Nina reaparece en esta cinta para encontrarse con el protagonista, en un acto que bien podría simbolizar un relevo entre los personajes creados por el director. 

La premisa de la cinta es muy sencilla: un actor consagrado ve interrumpida su participación en una película —justo en el momento de interpretar su propia muerte— cuando la coprotagonista sufre una crisis nerviosa, lo cual obliga al equipo a tomarse un tiempo libre fuera del rodaje. Entonces, decide buscar a un amor de antaño en un pueblo cercano donde habrá de encontrarse con una manada de niños entusiastas que, en el más caótico desorden, intentan rodar una película. Fantasmas y recuerdos se dan cita en un relato en el que conviven la tradición oriental y la melancolía de occidente. 

Jean-Pierre Léaud, ícono emblemático de la Nouvelle Vague y actor-fetiche del cineasta François Truffaut, encabeza el elenco de esta nueva incursión de Suwa en la gran pantalla. El papel de Léaud resulta curioso en tanto que el actor parece interpretarse a sí mismo (el nombre del personaje también es Jean), en una obra que se cuestiona el papel del cine dentro del cine. 

La cinta tiene algo de clase magistral desde el momento en que Jean toma por discípulos a los pequeños. El actor de largo bagaje redescubre el cine en el más lúdico de los sentidos, lejos de todo acto solemne, alfombra roja o entrega de premios con un grupo de niños que deciden rodar una película de terror solo por diversión. En un sentido más profundo, se trata también de una película sobre la muerte o la imposibilidad de interpretarla; de cómo la estrella de la gran pantalla finalmente comprende que el cine y la muerte no son más que un juego, que al momento de tomárselo muy en serio se pierde la partida. 

Con solamente seis largometrajes a lo largo de veinte años de carrera como cineasta, la obra de Suwa ha contado siempre con cierto carácter ontológico que impregna sus historias de una narrativa que raya en lo ensayístico, cuya síntesis no abarca un sentido totalizante y deja la respuesta en manos del espectador. Es inevitable sentir que el otrora enfant terrible (Antoine Doinel) forma parte de este cambio de estafeta entre la Nueva Ola Francesa y ese “algo” que crea —¿o reinventa?— Nobuhiro Suwa con su cine.