La humanidad contemplada en el horror: una clase magistral con Lav Díaz

Por Tirso Iván Vásquez Agüero

La fila es larguísima, además de las personas inscritas para la última sesión de la Cátedra Ingmar Bergman, se arma otra fila de gente que no llegó a la inscripción. En el escenario solo hay dos sillas ocupadas por el crítico Roger Koza y la directora del FICUNAM Eva Sangiorgi, al medio hay un puesto vacío. En la primera fila hay una persona, lleva una camisa de cuadros y una gorra negra, parece un asistente casual. Eva Sangiorgi comienza a hablar, agradece al público su asistencia, agradece la participación de Roger como panelista, hace una pausa e invita a ese ser tan sencillo de la primera fila a unirse al panel. Eva dice que tanto ella como Roger conocen al invitado desde hace mucho y que “esto va a ser una conversación entre amigos”. Roger anuncia que “el público no ha sido informado de que el evento durará nueve horas”. La audiencia ríe, el invitado también y agrega que Roger lo obligó a venir, apuntándolo “con una pistola”. Todos ríen, incluido Roger, la Clase Magistral de Lav Díaz comienza. 

Díaz demuestra su vocación como narrador. Toda la sesión está repleta de historias. Inicia con una, la suya: “Tuve una madre católica y mi padre era un fucking communist” dice sonriendo; recuerda esa etapa como un choque de discursos, también habla de la pobreza material en la que vivía y que le rodeaba, y de cómo el cine frente a eso cobró un significado más espiritual: “para mí el cine es parte de mi ser. Para mí ‘cine’ es ‘ser’”. Luego, cuenta que en un comienzo le interesaba explorar las diversas opciones que el cine podía ofrecer, a pesar de disfrutar de ser espectador y haber visto muchas películas, él, dice, no quería estar subordinado a algo que ya había visto previamente.

Eva Sangiorgi le pregunta por su interés en la literatura, algo que ella detecta como esencial en su filmografía. “Siempre leía los clásicos en la biblioteca de mi padre, veía muchos libros de literatura rusa: Chejov, Tolstoi (…) Mucha de la literatura rusa me convirtió en un narrador. Pero no solo la literatura rusa”. Aquí hace un silencio y añade que su vocación de relator también fue cultivada en buena parte por la tradición cultural de Filipinas, cuenta que en su país cuando alguien muere “la madre se sienta bajo un árbol de mango y durante días los familiares cuentan historias”, luego continua el padre, el hermano y así sucesivamente hasta que lo entierran. 

Eva hace otra pregunta, quiere que Lav hable de la importancia del sonido en sus films. Éste le contesta que prefiere usar el sonido que se registra en la filmación sin limpiarlo mucho, siente que es como dejarlo en su estado natural, lo cual resulta particular teniendo en cuenta que su película más reciente –The Season of the Devil (2018)– es un musical; sobre esto comenta: “las canciones fueron grabadas en el set durante el rodaje. Había un respeto por lo que ocurría en el lugar”.

Llega el turno de Roger, quien inicia describiendo la figura de Diaz como autor. “Hacer una película de más de cinco horas, nos da una idea de que se trata de un director al que no le importa hacer dinero” y agrega que no solo el metraje de sus películas es extenso, también las filmaciones deben serlo. Lav comenta que eso para él no es problemático, que no hace cine pensando en un mercado: “hago cine por el cine mismo y estoy muy claro en eso”.

Interviene Eva, dice que Diaz pertenece a toda una generación de cineastas de la cual él puede ser considerado como uno de sus maestros principales, le pregunta si siente algún tipo de responsabilidad ética o estética con esa posición que ocupa en el cine contemporáneo.

Lav entiende la responsabilidad como un elemento importante. El cine tiene que ver con el compromiso, afirma, insiste con la capacidad de transformación que el cine puede ofrecernos y con desarrollar una capacidad dialéctica, confrontar la historia y el pasado. Además, comprende que el cine se ve afectado por las condiciones materiales y físicas de su entorno: “estamos muy unidos a la naturaleza, somos esclavos de ella. Estamos dados a ciclos de generación, devastación, muerte y renacimiento”.

Eva pregunta ahora sobre el contexto de The Season of the Devil. Diaz afirma que tuvo la idea de retratar uno de los períodos más oscuros de su país, los años de la ley marcial, creada por Ferdinand Marcos, quien, según sus palabras, destrozó la psique misma de los filipinos. Sobre el uso del blanco y negro, remite a André Bazin y su interés por cierto estado de simpleza en el arte. “Quiero ser primario, para mí el cine es en blanco y negro”, dice, pareciera que quiere ser cercano a la naturaleza iniciática del arte, su estado más primigenio.  

Roger hace alusión a la profundidad de campo y la composición de planos de su filmografía, porque cree que no es ampuloso, sino que cumple una función narrativa. Lav menciona nuevamente a Bazin, dice que las tomas de larga duración, según el autor francés, pueden captar la realidad. Considera que se necesita mucha disciplina para poder hacerlo, a pesar de que sea solo una representación. Quiere crear una pureza del tiempo y el espacio, para sentir que se aproxima lo más posible, “trabajar el montaje tradicional implica un grado de manipulación mayor”, siente que le resta honestidad a su trabajo.

Luego de un rato, Roger muestra mucho interés por saber sobre el hombre de las dos caras ( Narciso, el dictador del pueblo de Ginta en la película). “Lo conocemos, está en la esquina, la maldad siempre está por ahí. (…) Estas personas están centradas en sí mismos, estos son los demagogos, no nos escuchan”, es lo puede comentar sobre ese tema; también recuerda que las canciones del musical se componen con base a repeticiones, porque es una crítica al fascismo y la lógica de este es la redundancia.

Entrado este punto, se comienza a dejar el terreno de las preguntas más concretas. Roger Koza le dice que en sus films siente que “hay una generosidad con las creencias más míticas, tienen su lugar en el mundo”, añade que si bien Diaz no cree en dios, parece estar muy preocupado por la dimensión espiritual de la realidad. Lav complementa diciéndole que para él la espiritualidad tiene que ver con estar comprometido con lo que haces, acciones mínimas como cocinar o cuidar un jardín puede ser una manera de ser espiritual, “la espiritualidad no tiene que ver necesariamente con el puto dios (…) La certeza de que existe un dios, de que hay un infierno, es un discurso muy difundido. No hay un dios, excepto por el cine”.

Luego de un rato, es clara la importancia que para Lav tiene el estar conectado con las cuestiones más concretas del mundo, de ahí que sienta que la pobreza destruye al ser. Alguien en el público pregunta por la importancia de hacer cine, Lav le contesta que “nunca es suficiente lo que hacemos en busca de la prosperidad y la paz, tenemos que ser muy realistas sobre esto. La humanidad no es lo suficientemente dialéctica, no somos suficientemente críticos. Pero al mismo tiempo seguimos luchando, y esto lo hago como cineasta, haciendo cosas pequeñas, que una persona cambie con mis películas es suficiente para mí, pero jamás será suficiente”. 

Otra pregunta de la audiencia, la última de todas, gira en torno a si el director considera que hay alguna evidencia empírica de que hemos mejorado como seres humanos, si el cine ha cambiado algo. “No lo sé, hermano”, dice, hace una pausa corta y agrega “pero te puedo contar una historia”. El auditorio ríe. Lav cuenta que en un festival de cine, en una sesión de preguntas y respuestas, uno de los asistentes confrontó a un amigo suyo, le preguntó si creía que el cine podía cambiar el mundo. Su amigo le contestó: “¿Para qué preguntas eso? El cine ya ha cambiado al mundo”.