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«Me atraen la crónica y el cine que se concentran en las personas», Jorge Pedro Uribe Llamas

Jorge Pedro Uribe Llamas (México, DF, 1980) es un cronista mexicano que se ha dado a la tarea de trabajar con la Ciudad de México; volverse un testigo de ella pero también un protagonista.  Ha publicado los libros Novísima grandeza mexicana (Paralelo 21, 2017), El gran libro de la CDMX (Índice Editores, 2016), Amor por la Ciudad de México (Paralelo 21, 2015).

Pablo Rendón: ¿Te consideras cinéfilo?

Jorge Pedro: Soy cinéfilo en cuanto a la etimología del término, amo el cine pero no desde el punto de vista de un experto que colecciona datos y se dedica a ver todas las películas; soy cinéfilo en cuanto amante del cine.

PR: ¿Cómo compaginas tu labor de cronista de la ciudad con esta cinefilia? ¿Existe un punto en común?

JP: Por supuesto que existe un punto en común porque yo tengo una filia muy rara que es enamorarme de las ciudades. También me enamoro de la gente, pero las ciudades me producen un gran asombro. Realmente amo las ciudades que visito, me gusta mucho conocer ciudades aunque no conozco tantas como quisieras. La Ciudad de México en la que nací, en la que pasé mi infancia y en la que vivo actualmente la amo más porque es una ciudad perfectamente querible. Las películas sobre ciudades, en ese sentido, me gustan mucho. No solamente sobre la Ciudad de México, sino de ciudades en general. Una película que me permite ver de cerca, olisquear y enamorare de una ciudad, aún sin haberla conocido, es una película que seguramente me gustará. Si además se trata de la Ciudad de México estamos de gane, pero las películas sobre Veracruz, Nueva York, La Habana, son ciudades que permiten que esta filia que yo tengo de enamorarme de las ciudades, crezca. Entonces, por supuesto que existe una relación entre el cine y este enamoramiento que yo aprovecho a partir de cronicar esta ciudad. Si yo viviera en otra ciudad estaría muy enamorado de ese lugar y me concentraría en ver películas, oír canciones y leer literatura acerca de esa ciudad. Afortunadamente me toca estar en la Ciudad de México y por lo tanto, las artes que se hacen alrededor de la capital mexicana me seducen especialmente.

PR: Entonces, ¿se puede conocer una ciudad a través del cine?

JP: La ciudad es sobre todo las personas. A veces nos confundimos pensando que una ciudad son los edificios, las historias antiguas, las fotos en blanco y negro, el pasado y lo intangible. Sin embargo la ciudad es, eminentemente, la gente que habita esa ciudad, especialmente la gente que está viva en este momento que es la que más nos importa. A mí me gusta más la gente viva que la gente muerta, aunque la gente muerta también es padrísima porque aprendes mucho del pasado. Sin embargo el presente vale más, al menos para el cronista. Entonces, las películas que te muestran sobre todo a las personas son las películas que te ayudan a entender mejor una ciudad, no aquellas películas que te muestran edificios y monumentos, sino las películas que te muestran el sentir, el aquí y el ahora, de sus habitantes. Por ejemplo, yo he llegado a conocer un poquito más sobre Madrid a partir de las películas de Almodóvar, que me gustan no porque en estas películas haya yo aprendido acerca de los reyes borbones o acerca de los edificios más conspicuos de la Villa y Corte, sino porque creo haber visto algo en las personas, al menos desde la ficción, en estas películas y entonces se queda uno muy contento y satisfecho con la posibilidad de haberse acercado un poquito más a una ciudad como Madrid a partir de la narración de una película con sensibilidad. Creo que también puede entenderse a través del cine de Alex de la Iglesia. La comunidad (2000) es una película maravillosa, que tiene mucho de universal pero también tiene mucho de madrileña.

PR: Además de Madrid, ¿qué ciudades has descubierto a través del cine?

JP: Creo que me enamoré de Veracruz viendo Danzón (1991). Es el caso también de Un embrujo (1998), de Carlos Carrera, ambientada en el puerto de Progreso, que ya no luce como en la película, pero el pensar que ese sitio fue así me hace querer regresar a Progreso a partir de esta película que, por otra parte, es una delicia. Sobre la Ciudad de México, es un tópico decirlo, las películas de Buñuel te permiten acercarte a la ciudad de un modo muy intenso. Luego hay mucho cine que podríamos llamar anónimo, de los años 60 o 70 que no necesariamente son de autor ni películas consagradas o particularmente celebradas, pero que gracias a ellas puedes ver una Ciudad de México que ya no existe; edificios que se cayeron en el 85, como eran los coches en aquellos años, la manera en que la gente se vestía, y esas son otras experiencias fílmicas que te permiten acercarte a una ciudad. Estoy pensando también, hablando de regiones, en Bajo California (1998), de Carlos Bolado, que también hace que quieras viajas a la península. Algunas películas de los hermanos Coen también hacen que quieras estar en Estados Unidos. A mí me gusta mucho ver La flor de mi secreto (1995) de Almodóvar, que me permite realmente sentir un gran amor vicario por una ciudad que no es la propia y un tiempo que no me tocó vivir. Creo que al final también para eso sirve el cine, ¿no? Para acercarte a un tiempo, espacio y personas a las que no tendrías acceso de otra manera, como cualquier arte.

PR: Antes mencionabas que te gusta el cine que explora a las personas que, de alguna manera, construyen el espacio físico que es la ciudad. ¿Esto ocurre también con la crónica que realizas?

JP: Es un asunto muy interesante lo que dices, consciente o inconscientemente es algo que aprende uno de los grandes cronistas. El gran cronista es el que sabe escuchar, el que atiende a las personas, particularmente aquellas que no son usualmente atendidas, eso es algo que aprende uno leyendo a Elena Poniatowska por ejemplo. Entonces, aprendes más de una ciudad a partir de sus habitantes que de sus edificios o de sus episodios históricos y monumentos. Creo que uno puede entender un poquito mejor Nueva York a partir de las películas de Woody Allen que menos muestran la ciudad, por lo tanto no voy a decir Manhattan (1979), que empieza con unas panorámicas de la ciudad en blanco y negro, pero sí aprendes mucho de Manhattan y de la neurosis de sus habitantes viendo Another Woman (1988) o Crimes and Misdemeanors (1989), lo cual te acerca, irónicamente, más a la ciudad que ver panorámicas de los edificios. La crónica que tenga un perfil psicológico, si se me permite decirlo así, es la crónica que más me interesa. A mí me importa más saber cómo pensaba alguien en 1840, cuando desmontan El Parián de la Plaza Mayor, que conocer los detalles de quién lo desmontó o quién fue el arquitecto que hizo El Parián, o  saber quiénes fueron las monjas que fueron exclaustradas y los monjes que tuvieron que abandonar sus monasterios aquí en Santo Domingo por ejemplo. Me encantaría saber todo eso, aunque también me gusta conocer las fechas, los sucesos históricos, pero especialmente me interesan las historias de los individuos y creo que es algo que compartimos muchos de los que estamos interesados en crónica. No es que el otro tipo de crónica no sea valiosa, pero me atrae más la crónica que se concentra en las personas, del mismo modo en que el cine que se concentra en la relación que tienen las personas entre sí, es el cine que suele interesarme más, porque además es el cine más meritorio, el más difícil de conseguir. Yo no soy cineasta pero sospecho que debe ser más complicado entrar en un personaje que entrar en una ciudad.

PR: ¿Qué piensas de las películas que intentan recrear sucesos históricos con, supuestamente, el mayor grado de fidelidad?

JP: Es interesante que ahora tengamos la posibilidad de ponernos historicistas. Pienso en El atentado (2010) que recreó la acequia de Roldán y me parece muy bonito, sobre todo para la producción de arte, conseguir los props, hacer una investigación para saber cómo hablaría la gente en la calle; eso exige salirse de lo estrictamente cinematográfico y tocar otros ámbitos como la historia, los archivos, la crónica, la lingüística y todo eso es muy bonito, pero permíteme insistir con que me interesa más el ambiente psicológico, que es más difícil de recrear. Cuando tú ves una película que supuestamente acontece en los años treinta se esmeran mucho en que el escenario se parezca al de la época, pero también habría que cuidar que la forma de hablar de las personas, de mirarse a los ojos, de hacer ademanes y de peinarse corresponda con esa época, y eso es una investigación que tal vez no está en los documentos, sino en la intuición del cineasta. ¿Tú crees que en aquellos años la gente diría “qué chido” o diría “qué suave”? ¿O no se expresarían bajo esos términos de argot? ¿Será que en la época colonial todo el mundo vivía su vida alrededor de las prácticas eclesiásticas o no necesariamente? ¿Es posible que todos los indígenas del siglo XIX estuvieran vestidos de manta, descalzos y mirando hacia abajo o podemos imaginar otra manera de ser de estas personas que muchas veces el cine presenta bidimensionalmente? ¿Los conquistadores tendrían barba, serían bravos y hablarían como en el Quijote o también tendrían otro tipo de amaneramientos psicológicos? Inspeccionar ese carácter cuando uno recrea una época pasada es muy interesante y mucho más valioso que recrear una escena, que también tiene su mérito. En el futuro, me pregunto yo, ¿cómo pretenderán recrear el 2018 a partir de lo que ellos vean en las películas actuales en las que los personajes hablan de este modo o de aquél otro? En el futuro dirán: “seguro en esa época la gente decía carajo todo el tiempo”, y en realidad la gente no dice carajo, eso sólo pasa en las películas y en las series. Entonces, esta interpretación del pasado a partir de documentos fílmicos puede ser engañosa también; hay que ir más allá, hay que tratar de investigar lo literario, hay que leer las crónicas de ese momento, hay que entender cómo comería la gente… en fin, hay que avocarse más a la vida cotidiana. Eso puede ser más interesante que recrear un ambiente material.

PR: ¿Qué película recuerdas que tenga un trabajo de investigación serio? Es decir, que se adentra en la vida cotidiana como señalas.

JP: Me cuesta trabajo emitir un juicio al respecto porque como no viví en ese tiempo, no puedo certificar que es fiel. Tal vez resulta verosímil, que es la palabra que nos interesaría cuando hablamos de ficción, la España de Bella Época (1992), de Fernando Trueba, porque se la cree uno; da la impresión de que sí se vivía así durante aquellos años. Tal vez es un tópico decir esto, pero El Evangelio según San Mateo (1964), de Pasolini, tiene el gran valor de mostrar a los personajes del Evangelio como seguramente fueron: personas de aspecto mediterráneo, personas simples de poblaciones pequeñas, sin esta aura engolada de personaje histórico vestido a la usanza de Ben-Hur con dorados. El Jesús de Pasolini, que además no es italiano sino catalán, y el resto de los personajes fueron sacados de un pueblo en Italia. A mí me gusta mucho cuando vemos un plano de cada apóstol haciendo su gesto, porque son personas comunes y corrientes como seguramente fueron. En ese sentido, el neorrealismo italiano puede presentar un historicismo de un modo más franco y no exagerado, y por eso es tan rompedor esta forma de hacer cine, además de gratificante, ver a un Jesús parco, a una Virgen que es una niña entre bonita y sencilla, un San José de clase trabajadora y muy normal que mira a la Virgen de un modo muy genuino, porque finalmente no son actores y ese es el gran mérito de esas películas. Ese cine italiano te permite entender una época mucho mejor a través de un carácter psicológico de los personajes, que a través de ponerles cascos y vestidos de época que muchas veces resultan caricaturescos.

PR: Pienso en otros movimientos fílmicos, como la Nouvelle Vague, que no necesariamente cuentan la historia de la ciudad sino de los personajes que la habitan y, como bien dices, uno descubre más acerca de esa ciudad.

JP: Yo nunca he estado en París más que en el aeropuerto. No conozco París y sin embargo creo conocerlo por Los 400 golpes (1959). Claro que París ya no debe ser así para nada, pero yo lo que he visto gracias a Truffaut, me siembra una idea de cómo debería de ser París. Es más, prefiero no ir a París nunca y quedarme con esa idea de un París en blanco y negro tendiente a lo miserable porque me gusta esa representación.

PR: ¿Y qué ocurre con la Ciudad de México en estos ejercicios de representación?

JP: Sobre la Ciudad de México hay intentos, salta a la vista el ejemplo de Güeros (2015), que es una película con la cual yo soy muy crítico porque es una película ambiciosa, que no pretenciosa, y tira alto. Tiene un estándar alto, lo cual se celebra por una parte y por otra parte provoca que el espectador quiera ser exigente. A ver, película, sí ya la vas a hacer tan ambiciosa, lo cual te aplaudo porque ya nos hacía falta una película así, te invito a que te acerques más. Pero no nos vamos a poner tan exigentes, en realidad yo creo que es una película que sí muestra parcialmente una Ciudad de México contemporánea, que además se atreve a salirse de los lugares habituales, entonces hay una locación que es la pulquería “Los hombres sin miedo”, en Iztacalco, en el Canal de la Viga, y también me gusta mucho cuando van a Santa Fe, pero no quedé tan contento. Siento que esa película lo intenta, pero no checa con la ciudad que, según yo, es la verdadera. Claro, a mí nadie me ha pedido mi opinión. En cualquier caso me gustaría celebrar la ambición de esta película que sí hace un ejercicio de mostrar una ciudad más allá del Edificio Balmori en la esquina de Orizaba y Álvaro Obregón. Seguramente en treinta años, en el porvenir, funcionará como documento, aún para mí, al momento de querer recrear cómo era la ciudad. También está Te prometo anarquía (2016), que creo que lo logra un poquito más. Ambas son ambiciosas y meritorias porque se salen del huacal. Tal vez, más que ambiciosas, son películas audaces y yo celebro ese tipo de cine. Hablando de otros tiempos, mucho del cine de ficheras, del cine anónimo, también lo logra involuntariamente. A mí me gusta un montón Tivoli (1974), de Alberto Isaac, entre otras razones, porque te muestra la Ciudad de México como otras películas no lo hicieron en su momento; el café de chinos, el cabaret, hay incluso una secuencia que ocurre en el Zócalo, donde vemos cómo desfilan estos artistas en una manifestación para que no tumben el Tivoli. Hay, incluso, un momento en que entran al Palacio del Ayuntamiento, con Lin May, y los pasan a una oficina, y conoces el interior de Palacio gracias a esa película. Yo no sé si fue intencional o no, pero gracias a ella yo he conocido y disfrutado la Ciudad de México de la primera mitad de los años setenta y creo que Alberto Isaac lo logró, aunque tal vez su intención era otra: mostrar los cabarets de la época, pero de refilón también nos muestra una ciudad muy franca.

PR: Ahora que mencionabas Güeros, pienso también en Los caifanes (1967).

JP: ¡Ah, bueno! Los caifanes es otro lugar común, yo estoy lleno de lugares comunes. Sin embargo, pasa lo mismo que con Güeros: es tan buena y tan audaz que uno se pone más exigente. Yo creo que en Los caifanes pudieron haber mostrado más y mejor la ciudad. Sí que la muestran y se agradece, y quién soy yo para juzgarlos, pero creo que si ya van a estar en una vecindad donde “el Estilos” quiere besar a Julissa, que es la novia de Enrique Álvarez Felix, ¡pues muéstranos más la vecindad! No nos muestres una vecindad genérica, muéstranos cómo es la entrada y cómo es el interior de los departamentos. Yo no soy el director de la película, seguramente su intención era otra, pero yo sí me quedo con ganas no sólo de ver cómo visten a “la Diana”, sino los edificios de alrededor. Yo hubiera agradecido ver con mayor detalle el Gémini, que ahora es el Savoy, en la calle de Bolívar. Hubiera agradecido asimismo que me mostraran mejor el exterior de la casa en donde están haciendo la fiesta, que me parece que es la casa de Carlos Fuentes y Rita Macedo; se supone que están en Las Lomas, porque salen a Reforma por un taxi, pero esa casa está en San Ángel. Bueno, ya se pone uno muy exigente. En realidad esa película sí que muestra muy bien la ciudad. Ahora viendo la Plaza de Santo Domingo llega a mi cabeza una película que se llama El profeta Mimí (1973), con López Tarso, que ocurre aquí; están en una vivienda de Leandro Valle, que solía ser el Claustro de Santo Domingo, y ahí se ven unas panorámicas muy interesantes de la plaza que yo agradezco un montón. Otro ejemplo de película que muestra algo, a lo mejor sin proponérselo en un sentido urbano, es La verdadera vocación de Magdalena (1971), la primera película de Jaime Humberto Hermosillo, que es esta farsa con Angélica María… no está tan mal, pero es una película rara. Sin embargo, lo valioso de esa película para mí son las tomas de Avándaro, porque son prácticamente las únicas tomas disponibles para el gran público para ver esos close ups de la gente bailando, cantando, como muy documental; de hecho es un pedacito de documental que se mete en la película y ya luego se sale a la película y continúa con sus tonterías. Creo que es La Revolución de Emiliano Zapata el grupo que sale cantando y Angélica María fingiendo ser su gemela… eso no importa, te regresas a esos cinco o diez minutos donde están en Avándaro y sólo por ese tiempo esa película vale la pena, lo mismo pasa con El profeta Mimí, que hay momentos donde detienes la película para gozar lo que estás viendo alrededor, como también pasa en El automóvil gris (1919), pero la ciudad no suele ser mostrada tan ampliamente como yo esperaría.

PR: ¿Aún no se ha filmado la película que en verdad le haga justicia a la Ciudad de México?

JP: En ese sentido, no conozco alguna que me haya dejado completamente satisfecho, pero porque creo que uno es exigente. En realidad creo que Güeros si lo logra, Los caifanes claro que lo logran, así como las que acabo de mencionar, Tívoli que es un ejemplo muy especial para mí. Contemporáneas no me suena alguna de momento. Yo agradecería mucho una película que me muestre cómo era la ciudad que yo viví en mi infancia, en los años ochenta, pero que me la muestre bien; la calle, la banqueta, los árboles, un poco como ese ejercicio de Avándaro de Jaime Humberto Hermosillo pero en los ochenta, ¡yo amaría ver eso! Si alguien me la puede recomendar, se lo agradecería. Muchas veces pasa con las películas de ficheras, que te permiten ver cómo está amueblado un departamento, cómo es el lobby del edificio. Una película que abiertamente, salvajemente salga a la ciudad para mostrarla al desnudo no se me ocurre de botepronto ninguna.

PR: Además es difícil porque no es una ciudad pequeña. ¿Cómo podrías abarcarla en su totalidad?

JP: ¡Claro! Porque son varias ciudades. En cualquier caso, hablando del Centro que es donde me muevo, donde vivo, donde nos encontramos ahora, yo lamento que siempre veamos la Catedral, La Profesa, Santo Domingo y la calle de Madero y Cinco de Mayo, y eso sigue pasando en 2018. Es algo que sin embargo Jodorowsky en Santa sangre (1989) o en La montaña sagrada (1973) consigue al mostrar La Merced, la Plaza del Aguilita, Santa Teresa la Antigua, la Iglesia de la Soledad. Si los cineastas se salieran un poco de las tres o cuatro calles habituales, y a mí que soy un exigente me mostraran la Plaza de Santa Catarina en los años veinte o el Barrio de la Lagunilla cuando todavía se encharcaban las calles, a mediados del siglo veinte, pues yo lo agradecería cantidad. Y ya no hablemos de Iztapalapa, de las inmediaciones de la Ciudad de México; Chimalhuacán, Naucalpan, Las Arboledas o aún la Roma y la Condesa.

PR: ¿La crónica puede ser llevada al cine?

JP: Sí, naturalmente, vuelvo al ejemplo de Jaime Humberto Hermosillo con su secuencia sobre Avándaro. Tal vez no se lo propuso, pero ahí está haciendo crónica tal cual, documental, periodística, deliciosa que hasta salivas cuando estás viendo esas escenas. ¡Gracias, señor Hermosillo por mostrarnos eso! También él en La pasión según Berenice (1976) nos muestra otra ciudad que yo adoro, que es Aguascalientes, mediante la psicología de los personajes, que como ya he dicho agradezco bastante. La crónica se puede lograr, entonces, cuando el cineasta consigue transmitir la psicología de una época y además el aspecto físico de un aquí y un ahora, intencionalmente o sin intención, pero siempre se agradece como ejercicio de crónica que una película dé testimonio de cómo lucía la ciudad, pero sobre todo de cómo pensaban las personas en cierta época.

PR: ¿Por qué es importante que un cronista complemente su labor con el testimonio audiovisual de una ciudad?

JP: Porque por más refinada que sea la literatura es muy difícil que compita con lo audiovisual. Lo audiovisual te permite acceder a diferentes capas que la literatura no necesariamente alcanza; pueden ser más explícitos estos niveles, pueden ser más descriptivos, palpables, tangibles, casi puedes notar a que huele cuando tú ves una secuencia bien filmada. Es importante para conocer La Habana prerevolucionaria no solamente leer a Cabrera Infante, también hay que ver Memorias del subdesarrollo (1968), que es una película muy documental también y que yo amo por lo mismo; tiene esta intención de mostrar la ciudad poco antes o poco después de la Revolución cubana. El cine te puede dar luz al momento de querer consumir o producir crónica, el cine además puede ser una herramienta para hacer crónica. La película Ciudad de ciegos (1991) es una película que hace crónica; una película muy ambiciosa y muy bonita con Santa Sabina tocando. A mí me gusta mucho cómo comienza la película con la chica caminando por la Condesa y tú puedes ver la mayoría de los edificios y reconocerlos. Luego la mayor parte de la filmación ocurre en interiores, pero también los interiores te dicen mucho acerca de las diferentes épocas que procura retratar esta película; la vestimenta, los muebles, la psicología y además tiene un reparto excepcional. Ciudad de ciegos es una de esas películas que veo cada tanto y que disfruto por alguna razón, aunque sé que no es una película muy laureada, a mí me encanta como también me gusta mucho ver Tivoli, me gusta mucho ver las películas de Nueva York de otras épocas, me gusta mucho ver el Madrid de Almodóvar, me encanta conocer París a través de Los 400 golpes aunque no sea tan fiel ese retrato. En ese sentido yo considero que sí me alimento del cine, o de lo audiovisual en un sentido más amplio. La crónica no sólo es meterse a revisar los viejos archivos, sino tratar de oler, oír y probar. Entonces, el cine te permite crecer la experiencia de la literatura.