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«El cine es importante para sobrellevar esta vida horrible», Gabriel Rodríguez Liceaga

Gabriel Rodríguez Liceaga (Ciudad de México, 1980) ha publicado el libro de cuentos El demonio perfecto (BUAP, 2008), las novelas Balas en los ojos (Ediciones B-Zeta bolsillo, 2011) y El siglo de las mujeres (Ediciones B, 2012). Fue ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí con el libro Perros sin nombre

Pablo Rendón: Gabriel, ¿te consideras cinéfilo?

Gabriel Rodríguez Liceaga: Sí, indiscutiblemente. Ver cine es una de las cosas más productivas que existen en la vida. Perder el tiempo viendo malas películas es padrísimo, y ver buen cine es una cosa fantástica. Por ejemplo, cuando acaba la película de Thor (2011), hay un zoom-in a la galaxia que dura todos los créditos finales… ¡somos la primera generación de seres humanos con la capacidad de ver el cosmos así! ¿Qué hubieran dicho Borges o los griegos de haber visto esa imagen? El cine es la gran posibilidad de ver lo invisible.

PR: ¿Y cómo compaginas el oficio de escribir con tu parte cinéfila?

GRL: Es curioso, cuando me entrevistan siempre preguntan por mis influencias. Bueno, leo a Faulkner y a Di Benedetto, por ejemplo, pero lo hago desde el asombro del lector, no buscando una influencia. Sin embargo, nunca me preguntan por las películas que provocan mi creatividad, ¡y son muchísimas! Mi relación con el cine, como escritor, es muy directa porque de ahí saco ideas. Cuando leo, trato de que no me interrumpa mi voz de escritor chafa que dice «ay, se te ocurrió un cuento a partir de esta línea». Cuando estoy en el cine sucede todo lo contrario, abro las puertas y permito que el cine me esté inspirando todo el tiempo. Por ejemplo, en The Master (2012), de Paul Thomas Anderson, que acaba con el güey imitando a su maestro, está teniendo sexo con una chava y se le sale el pito; la última línea de esa película es «se me salió». ¡Qué forma tan hermosa de terminar una película! Esa escena, aunado a que en ese momento veía mucho cine de Michael Haneke, se ha vuelto una sombra poderosa en todo lo que escribo.

PR: Al final, el cine, al ser una forma de narrativa, influye en tu escritura.

GRL: Es que eso está muy cabrón. Si yo me siento a escribir, ya tengo incrustado en contra de mi voluntad que quizás lo que estoy escribiendo puede ser interpretado por Diego Luna. Eso no pasaba antes, cuando Di Benedetto estaba escribiendo Zama no lo hizo pensando que Giménez Cacho iba a interpretar a Diego de Zama. Hoy en día, algo se movió en los escritores que sabemos que todo puede ser filmado y actuado, yo no sé qué tanto nos afecte eso. Hay quienes escriben pensando en su libro como la antesala del cine, lo cual es peligroso. Pero también imagínate qué emoción entrar a una sala de cine y que diga «Basado en», seguido por tu nombre enorme. Eusebio Ruvalcaba contaba que cuando vio su nombre en la película de Hilito de Sangre (1995), se salió corriendo porque se asustó.

PR: ¿Te gustaría que tu trabajo se llevara al cine?

GRL: Es un poco lo mismo. Si se me apareciera un demonio y me concediera tres deseos, uno de esos deseos sería que un cuento mío fuera adaptado por Nuri Bilge Ceylan, el de Había una vez en Anatolia (2011) y Sueños de Invierno (2014). El problema es que si alguien adapta algo que yo escribí, va a ser alguien de Televisa. Es horrible ir a un aeropuerto gringo y ver que todas las novelas de la mesa de novedades son los estrenos de cine del próximo año. Pensar que la literatura está en función de ser traducida en audiovisual es monstruoso. Habría que pensar la literatura como algo que no se puede traducir más que dentro de sí mismo. Hay una bola de necios que quieren adaptar Los Detectives Salvajes, y es una estupidez porque se trata de la búsqueda interior del lector; te das cuenta de que no se trata de un viaje, sino de una huída. ¿Cómo vas a filmar esa sensación?

PR: ¿Te gustan las adaptaciones cinematográficas de obras literarias?

GRL: Sí, por ejemplo la Anna Karenina (2012) que hicieron como un montaje teatral, con toda la cuestión de lo que sucede tras bambalinas, es preciosa. El Fausto (2011), de Aleksander Sokurov, es aterrador, que además es muy fiel al texto porque la segunda parte nadie la entiende… ¡me encanta! Cualquier cosa puede detonar en belleza y hay adaptaciones de literatura que han devenido en cosas impresionantes. De lo que hay que huir es, por ejemplo, de Troya (2004) con Brad Pitt; toda la gente involucrada se las ingenió para que esa película acabara con un beso, ¿nadie leyó el libro o qué? Eso responde a una necesidad cinematográfica hollywoodense actual: si no hay beso en una película de Brad Pitt, no cuenta. Hay que huir de la malformación y de la falta de respeto al texto original. Sueños de invierno, de Ceylan, es Dostoievski puro y no está inspirado en ninguna obra de él; sin embargo, agarró toda la esencia del ruso y lo volvió cine. Es evidente que este hombre lee a Dostoievski y que le emociona. Creo que se trata de asumir que todos formamos parte de una inmensa fila de ecos y ver dónde te vas formando.

PR: ¿Hay cineastas que indagan en los mismos temas que a ti te interesan a la hora de escribir?

GRL: Sí, sin duda. Yo a los cineastas los divido en vivos y muertos. Theo Angelopoulus, que recientemente fallecío… no sé, siento que tenemos demasiadas cosas afines. Lo que él hizo es lo que yo siempre he querido hacer, cosas como Paisaje en la niebla (1988) y La mirada de Ulises (1995); él era mi alma afín en el cine. Él está en mi canasta de cineastas muertos, donde también están Fellini, Rossellini y todos los franceses. Cineasta vivo, obviamente Michael Haneke y Ceylan. Además de las películas “sueltas”, como El último verano de la Boyita (2009), de Julia Solomonoff que es una película hermosísima; cuando la vi pensé que era la historia que llevo toda mi vida queriendo contar. Me gustan esas películas que aparecen como destellos y que al final sus ecos permanecen.

PR: Entonces, ¿llegas a las películas como llegas a los libros? Es decir, llegas con el afán de descubrirlas.

GRL: ¡Claro! ¿Tú recuerdas el póster de Belleza Americana (1999)? Uno lo veía y decía «¿qué es esto?». ¡Qué emocionante es entrar al cine sin saber! Yo creo que las sinopsis son enemigas del cine, por eso la gente se sale. Vas a la Cineteca y, por sentado, se van a salir siete personas. Por ejemplo, ¿por qué ponerle slogans a las películas?

PR: ¿Tú te ves haciendo cine?

GRL: Es que ese es el gran sueño. Yo cuando tenía veintitantos años, mi ilusión era estudiar cine a los treinta, ahorita ya me pasé. Ser cineasta el gran sueño, es el anhelo final. Lo que a mí me alejó de meterme al cine fue, como me dedico a la publicidad, toda la producción publicitaria que corrompe por completo el cine. Me desencanté al darme cuenta que no es la mirada que tiene uno, sino que tienes que convencer a cuarenta personas de algo. Eso es desgastante, yo no podría hacerlo. Hay gente que nació para ser director de cine y hay gente como yo que no tiene esa cualidad. Es como ser técnico de futbol, ¿cómo convences a una bola de mal tatuados de que tienen que meter gol en la portería rival? ¡Está cabrón! Pienso en el gran logro de Monty Python, que no es su extraordinario humor, sino que a cinco personas les daba risa lo mismo; así consiguieron que a todos nos diera risa lo mismo. Te puedo decir que a mis treinta y siete años no he encontrado a cinco personas que crean en lo que yo creo. Además de que la producción de cine es aburridísima, yo prefiero estar sentadito viéndolo comiendo mis pepinos. Sin embargo, es el gran anhelo, si yo me muero y no hice al menos dos películas me voy a sentir profundamente triste. Quiero hacer esas dos películas, las pienso como pienso mis novelas, pero no creo tener lo que se necesita.

PR: ¿Por qué un escritor debe ver cine?

GRL: Bueno, porque es nuestra responsabilidad mantener la educación audiovisual vigente. Yo te la cambiaría, te diría que es responsabilidad de un escritor ver videojuegos, no jugarlos. Lo que está pasando ahí desarrolla estructuras narrativas inimaginables. Uno como escritor tiene que estar todo el tiempo viendo cómo se cuentan cosas. Desconfía de quien te diga que no le gusta el cine o que siempre se duerme, ¿qué clase de monstruo se duerme en el cine?

PR: ¿Para ti existen diversos tipos de cine?

GRL: No, yo creo que nos hizo mucho daño Mixup. Entrabas al Mixup y leías «Cine de Arte», y hasta la pleca era ocre. Yo trabajé en Blockbuster cuando tenía dieciocho años y había la sección de cine de arte, eso inmediatamente aleja a la gente porque poner a la creación en un pedestal la arruina. Todos los días alguien está haciendo o viendo un Ciudadano Kane (1941). Yo no hago esa diferencia, pero te puedo decir que ahorita tengo castigado al cine de superhéroes y no voy a ver ninguna hasta nuevo aviso, uno se mete a hacer corajes; ya no estoy en edad de ver al Hombre Araña cada vez más joven. Lo que tengo es una estructura de cine que no veo y cine que veo. Pensar que el cine es sólo el cine alto, de autor, que gana Cannes es una tontería, el cine es todo. Pienso también en ese libro horrible que es Las 100 películas que tienes que ver antes de morir, porque todos estamos armando nuestras propias cien películas que tenemos que ver antes de morir. Además, el cine tiene una vida muy breve; todo el mundo está adorando a una película y luego la pasan en español a las once de la mañana en el Canal 5 o en tu camión del ADO, te das cuenta de que ese es el destino final de esas películas. En cambio, acabo de ver El Milagro (1948) de Rossellini, en la que actúa Fellini; esas películas nos esperan por años y tenemos que verlas en la gran pantalla, porque el cine acontece en el cine. La vi con mi tribu, porque eso es lo que sucede en el cine. Se crea una tribu en medio de la oscuridad y estamos todos viendo un montón de imágenes de luz, proyectadas a tal velocidad que causan la falsa idea de movimiento. ¡Es un ritual!

PR: ¿Entonces no crees en el cine de arte?

GRL: Es que es una trampa. Pienso en Una chica regresa sola a casa de noche (2014), que a mí no me gustó nada. La escena en la que el hombre baila con un globo no la entiendo, ¿qué tiene que ver? Estaba en cartelera al mismo tiempo que Sólo los amantes sobreviven (2013), de Jarmusch, que en cambio es perfecta; la escena final en la que los vampiros están viendo a dos chavitos fajar y se excitan, dándoles la oportunidad de que primero su sangre “se encienda”, es impresionante. En esa película todo es pertinente y hace un círculo perfecto. La otra está llena de cabos en la que quieren enseñarnos que están haciendo buen cine porque es artístico. Es la trampa del arte construido sin criterio.

PR: ¿Te gusta el cine que no es necesariamente narrativo, sino que experimenta con el relato?

GRL: ¡Claro! Aquí es a donde develas a tus entrevistados, porque podría contestar que me encanta Chabelo. El ejemplo que ponga a continuación me va a develar. Te puedo decir que Terrence Malick es más poeta que cineasta y es muy experimental; yo no puedo ver El nuevo mundo (2005) sin tener lágrimas en los ojos y realmente es una película de hueva. ¡Me encanta y me conmueve muchísimo! También en El árbol de la vida (2011), cuando Brad Pitt empieza a tratar mal a sus hijos, a mí me encanta. Su cine responde más a otras etiquetas que a lo que uno pensaría encontrar en una película. Ahí te das cuenta de lo importante que es el cine para sobrellevar esta vida horrible.